Mónica E. Lugo-Vélez
North Carolina State University
Abstract
This article explores how Fiesta en la madriguera (2010) by Juan Pablo Villalobos constructs a narco-banquet that serves as a de-foundational device in which culinary rituals articulate a gastro-politics that subverts traditional national fictions. Through the childlike gaze of Tochtli, the novel reveals how the narco-state reconfigures Mexican gastronomic practices—such as pozole, herbal infusions, and political banquets—and transforms them into technologies of domination, exclusion, and the pedagogy of power. Combining tools from food studies with contributions from narco-literary criticism and theories of power, the article argues that Villalobos dismantles the foundational fictions studied by Doris Sommer to expose how the narco-state does not simply threaten the nation, but rather de-founds it through the capture and perversion of its most basic cultural rituals.
Keywords:
Food studies; Narco-literature; Gastro-politics; De-foundational narrative; Narco-state
Introducción
Los banquetes, generalmente asociados con hospitalidad, afecto y cohesión social, adquieren en Fiesta en la madriguera una dimensión radicalmente distinta. La mesa se trasforma en un espacio donde la violencia simbólica y la dominación se dramatizan a través de los rituales culinarios. En la novela de Juan Pablo Villalobos, la comida no cumple una función nutritiva, sino que organiza jerarquías, regula afectos y modela subjetividades dentro del narcoestado. El dispositivo narrativo que hace posible esta lectura—la mirada infantil de Tochtli—desestabiliza cualquier lectura tradicional de la comida. El niño observa cómo cada práctica gastronómica se convierte en un mecanismo de poder que sostiene la arquitectura emocional, doméstica y política de la madriguera/palacio de su padre, Yolcaut.[1]
Si bien la novela ha sido analizada desde perspectivas sobre violencia, los alimentos y las prácticas culinarias han recibido menos atención crítica. Esta laguna resulta significativa, pues la gastronomía en la novela no funciona como simple ambientación, sino como un lenguaje simbólico que articula relaciones de poder, dinámicas afectivas y mecanismos de exclusión. Para abordar dicho eje, este artículo se sitúa en la intersección de los food studies y la crítica narcoliteraria, siguiendo las propuestas de Arjun Appadurai sobre la gastropolítica, de Anita Mannur sobre ciudadanía culinaria, de Melanie Joy sobre el carnismo, de Gillian Crowther sobre la comida como artefacto cultural, de Massimo Montanari sobre cultura alimentaria, y de Carole Counihan y Penny Van Esterik sobre identidad y geografías del consumo. A su vez, se integra una reflexión desde la narcoliteratura, incorporando los estudios de Héctor Domínguez Ruvalcaba para contextualizar la estética, la corporalidad y las prácticas de poder del narco.
Este análisis propone que Fiesta en la madriguera construye un narcobanquete desfundacional, un dispositivo narrativo donde los rituales culinarios articulan una gastropolítica que subvierten las ficciones nacionales tradicionales. A través de la mirada de Tochtli, la novela revela cómo el narcoestado reconfigura prácticas gastronómicas—como el pozole, el té de hierbas o los banquetes con políticos—para convertirlas en mecanismos de disciplina, exclusión y pedagogía del poder. Este enfoque teórico es indispensable, especialmente para comprender el término “narcoestado”, concepto que aquí se entiende, siguiendo a Oswaldo Zavala, como una matriz de gubernamentalidad donde el crimen organizado y el aparato estatal convergen en prácticas de control territorial y afectivo (156). El narcoestado no es una organización criminal que reemplaza al Estado ni una anomalía externa que lo amenaza, sino una forma de poder que captura y reconfigura instituciones estatales desde dentro. Desde la intimidad de los espacios familiares y domésticos se producen subjetividades específicas: los “sujetos narco”. Como señala Zavala (156-158), el narcoestado opera mediante la convergencia de violencia extrema y legitimidad institucional donde las fronteras entre lo legal y lo ilegal, lo público y lo privado, lo estatal y lo criminal se vuelven porosas e indistinguibles. Así, la contribución de este artículo consiste en evidenciar cómo los alimentos resignifican las tradiciones culturales en un entorno marcado por la violencia y la corrupción. La madriguera, como espacio narrativo, condensa esta lógica porque funciona como una miniatura del narcoestado, donde se incorporan el lujo, el encierro, la vigilancia y la reproducción del poder. En este sentido, Villalobos desmantela las ficciones fundacionales estudiadas por Doris Sommer para mostrar cómo los alimentos, en lugar de crear cohesión nacional, producen fragmentación, paranoia y subjetividades abyectas. La novela opera como una anti-novela fundacional, pues rechaza las promesas de armonía social que Sommer asocia con el género y desmantela las posibilidades de una lección moralizante. Este contraste ilumina cómo Villalobos toma la narrativa de las novelas de nación solo para evidenciar su fracaso frente a las economías ilícitas y las subjetividades contemporáneas.
La comida, en este sentido, no solo refleja costumbres, sino que produce sentido. Massimo Montanari, en Food is Culture, establece que “la comida es una realidad exquisitamente cultural” (93). Esta idea proporciona un marco interpretativo para comprender cómo los alimentos en la novela no solo representan tradiciones mexicanas, sino que son resignificados dentro de las dinámicas de corrupción y exclusión del narcoestado. En el contexto del narcoestado representado por Villalobos, la comida no es neutra, sino que se convierte en un marcador de acceso, un símbolo de poder y una herramienta de exclusión. Massimo Montanari (x) complementa esta idea al afirmar que la comida es cultura cuando se produce, prepara y consume. Este eje es fundamental para entender cómo “la madriguera” transforma la comida en pedagogía narco. La mesa se convierte en un momento de enseñanza en dónde el rey—Yolcaut—le enseña al heredero—Tochtli—qué comer, con quién y bajo qué códigos. Arjun Appadurai, con su concepto de gastropolítica (494), sostiene que la comida constituye un lenguaje mediante el cual se negocian las relaciones sociales y se afirma el poder. La cena entre Yolcaut y el gobernador ejemplifica esta dinámica. La selección del menú, las interrupciones y los gestos de violencia configuran una coreografía que afirma la superioridad del narco sobre la representación del Estado. La gastropolítica no es simplemente el uso instrumental de la comida, sino una performance de poder que produce y reproduce jerarquías. Los alimentos trascienden su dimensión biológica para convertirse en objetos culturales cargados de significado.
Esta transformación ilumina cómo Villalobos convierte cada platillo de la novela en un dispositivo que comunica poder, miedo y pertenencia. Por ejemplo, el pozole con orejas y dientes servido durante el banquete con el gobernador es un artefacto que construye narrativas de terror y dominación (Villalobos 28). Melanie Joy (29), con su concepto de “carnismo”, explica cómo aprendemos a comer ciertos animales mientras eximimos a otros de ese consumo. En la novela de Villalobos, esta lógica del carnismo se reconfigura de manera inquietante. El pozole se convierte en alegoría del cuerpo fragmentado y síntoma de la violencia narco.[2] Pero aquí la lógica del carnismo se trastorna porque no se trata ya de la explotación de animales, sino de la reducción del cuerpo humano a sus partes comestibles.
Las prácticas alimenticias articulan formas de pertenencia y exclusión que trascienden las fronteras políticas formales. Esta perspectiva resulta clave para entender el viaje a Monrovia, donde el rechazo de Tochtli, Yolcaut y el maestro Mazatzin a los alimentos africanos delimita una frontera simbólica que refuerza su identidad narco y su percepción de superioridad (Villalobos 58). La comida se convierte en marcador de una “ciudadanía narco” que opera mediante la negación del otro. Como señalan Carole Counihan y Penny Van Esterik, la comida es un elemento decisivo de la identidad humana y uno de los medios más efectivos para expresar y comunicar esa identidad (2). En la novela, la mesa narco funciona como un teatro donde se performan roles, se establecen jerarquías y se reproducen códigos de lealtad y pertenencia.
Este marco sirve como el fundamento por el cual se evidencia cómo los alimentos en Fiesta en la madriguera no solo reflejan costumbres, sino que producen sentido. La comida resignifica las tradiciones culturales en un entorno marcado por la violencia y la corrupción. A través de la convergencia de los food studies y la narcoliteratura, es posible leer cómo Villalobos desmorona las ficciones nacionales que la gastronomía tradicional sostiene y construye una crítica a los mecanismos que no solo gobiernan sino que se comen.
La mesa como escenario simbólico
La madriguera—palacio, refugio y fortaleza simultáneamente—constituye un microcosmos del narcoestado, un espacio donde, siguiendo a Henri Lefebvre (32), se expresa un “espacio de representación” que codifica jerarquías, afectos y formas de control. Para Lefebvre, los espacios no son contenedores neutrales sino construcciones políticas donde se inscribe una particular relación de poder. El menú preparado por la cocinera Cinteotl, cuyo nombre evoca a la deidad mexica del maíz, encarna la apropiación simbólica de la tradición culinaria mexicana por parte del narcoestado (Villalobos 26). La comida de Cinteotl no niega la del narcoestado, pero tampoco se reduce completamente a él: permanece en un espacio de tensión, de negociación, de contradicción. Como señala Gillian Crowther, los alimentos emblemáticos funcionan como “símbolos de identidad nacional, capaces de conectar a las personas con los valores, creencias y logros de un pasado idealizado” (139). Históricamente, el pozole ha sido un plato ritual y comunitario, asociado a celebraciones cívicas, festividades religiosas y momentos de cohesión social. En la novela de Villalobos, sin embargo, las tradiciones no se vinculan con un pasado glorioso sino con un presente corrupto donde los rituales culinarios legitiman y dramatizan la autoridad criminal. Esto se ve en la escena en donde Tochtli cuenta que “Vino [el gober] a cenar a nuestro palacio porque Cinteotl hace un pozole verde suculento. Cállate pinche gober, ¿tú qué chingados sabes?, pendejo, toma tu limosna, cabrón, ándale” (26-27). Esta cita condensa una operación política fundamental en la que la mesa opera como dispositivo de disciplina. El acto de arrojar dinero al rostro del político, a primera vista, parece un gesto excesivo, una muestra de poder económico. Sin embargo, el dinero, normalmente símbolo de intercambio equitativo en las transacciones comerciales, aquí pierde esa función. No circula como pago, sino como arma simbólica, como recordatorio de que la riqueza del narco es mayor que la del funcionario estatal. Por otro lado, al arrojar el dinero, Yolcaut invierte la lógica de la corrupción. Por lo general, el funcionario corrupto demanda dinero del criminal; aquí, el criminal lo impone, lo lanza, lo despilfarra.
El protocolo social de la cena se complica cuando el gober sugiere que el niño “todavía es pequeño para estas cosas” (27), apela a un código de protección infantil que opera fuera de la lógica narco. La reacción de Yolcaut es inmediata y violenta: “Cállate, pinche gober” (27) seguida del acto de arrojarle un fajo de billetes al rostro. Este gesto representa un mecanismo de disciplina pública que expone cómo el poder no solo castiga la desviación, sino que la exhibe públicamente para producir sujeción en los observadores. La risa forzada que “se le escapó con la cara enrojecida” (27) al gobernador demuestra cómo la víctima debe participar en su propia degradación. La humillación del político le enseña a Tochtli la lógica del poder narco como principio organizador de la realidad. Michel Foucault (10) llama a esto “la inscripción del poder en los cuerpos” mediante la visibilidad, ya que la tortura pública produce sujeción no solo en la víctima sino también en los observadores.
La presencia de Tochtli en el baquete con el gober es estratégica. Al exponer al niño a la degradación del gobernador en la mesa, Yolcaut realiza un gesto pedagógico cuya importancia ha sido señalada por Oswaldo Zavala en su análisis del narcoestado. Durante la cena se evidencia cómo el narcoestado penetra el interior de la familia, transformando las relaciones afectivas en máquinas de reproducción de sus lógicas. Tochtli presencia la corrupción en acción, la ve representada en los cuerpos del padre y del político. El heredero aprende, mediante este ritual alimentario pervertido, que el poder se ejerce sin justificación, que la violencia es comunicación, que la obediencia es el único lenguaje que preserva la vida.
Por otro lado, esto implica también la cooptación de la infancia. Mientras el gobernador intenta restaurar un código que proteja al niño—“todavía es pequeño para estas cosas” (Villalobos 27), Yolcaut lo rechaza violentamente. La infancia de Tochtli no es un período de inocencia o protección sino un tiempo de educación acelerada en los códigos del narcoestado. La mesa narco, entonces, se convierte en aula donde ocurre esta transmisión generacional. Zavala subraya que el narcoestado sustituye la familia por la institución y la lealtad a dicha institución. Tochtli no está siendo instruido como ciudadano mexicano sino como miembro de una dinastía criminal. Su futura obediencia no será fruto de la ley sino de la proximidad afectiva al rey-padre, del reconocimiento de que Yolcaut es más fuerte, más rico, más poderoso que cualquier autoridad formal.
Cinteotl: Saberes subalternos al servicio del poder narco
Tochtli describe a Cinteotl exclusivamente a través de su función culinaria: “Cinteotl hizo pozole verde” (26), “Cinteotl tiene un cajón lleno de hierbas. […] Cuando no soporto el dolor de la panza, como hoy, Cinteotl me prepara un té de manzanilla” (47). Sin embargo, la cocinera de la madriguera representa una paradoja fundamental del narcoestado, ya que usa sus saberes ancestrales para legitimar un orden basado en la violencia y la corrupción. Como se mencionó anteriormente, su nombre evoca a la deidad mexica del maíz, Centéotl, asociada a la fertilidad, la abundancia y la continuidad cultural. Esto establece una conexión simbólica con las tradiciones prehispánicas que estructuraron históricamente la identidad mexicana. No obstante, en el contexto de la novela de Villalobos, esta referencia mítica opera como una apropiación perversa. Massimo Montanari señala que “food is culture when it is produced, prepared, and eaten” (3). En la madriguera Cinteotl, prepara pozole, infusiones, tamales, enchiladas, etc. según técnicas tradicionales, pero el consumo de sus platos ocurre en un espacio donde la cultura ha sido sustituida con lógicas de dominación criminal.
El nombre “Cinteotl” funciona, entonces, como lo que Gillian Crowther llama un “emblema nacional” (139) instrumentalizado. Crowther argumenta que los alimentos emblemáticos “conectan a las personas con los valores, creencias y logros de un pasado idealizado” (139), produciendo un sentido de pertenencia colectiva. Sin embargo, este mecanismo de conexión está roto porque el nombre invoca un pasado sagrado que el presente narco profana. Lo que antes simbolizaba vida, fertilidad y cohesión comunitaria ahora se encuentra al servicio de un sistema que fragmenta, explota y corrompe el tejido social. La cocinera trabaja en la madriguera como una empleada subordinada cuya función se limita a satisfacer los caprichos gastronómicos del rey Yolcaut y, por extensión, de Tochtli—el heredero. Su conocimiento ancestral no la empodera, sino que la ata a su posición subalterna.
Asimismo, los platillos que ella sirve, particularmente sus pozoles, se convierten en “artefactos culturales” que el narcoestado resignifica para construir legitimidad simbólica. Adolfo Castañón (253-255) subraya que, el pozole condensa memorias colectivas y ceremonias de pertenencia. En contextos tradicionales, el acto de preparar pozole se relaciona con el trabajo colectivo—desgranar el maíz, cocer la carne, reunir las hierbas, y su consumo marca ocasiones especiales donde la familia extendida o la comunidad se reúne. Como explica Arjun Appadurai, los alimentos rituales operan dentro de una “gastropolítica” donde “the negotiation of social relationships through food” (495) produce y reproduce jerarquías, pero también solidaridades. Sin embargo, el componente comunitario no existe en los pozoles de Cinteotl dado que ella no tiene voz propia y tampoco aparece fuera de la cocina. La cocinera existe narrativamente solo en relación con su trabajo doméstico, quedando confinada a alimentar el sistema narco.
La ausencia de comunidad contrasta con lo que Doris Sommer (5-7) denomina “ficciones fundacionales”, es decir, narrativas que utilizan elementos culturales para construir historias de unidad y pertenencia colectiva. Villalobos subvierte radicalmente esta lógica. La cocina de Cinteotl no funda nación, sino que funda narcoestado. No produce ciudadanos sino súbditos. No proyecta futuros compartidos sino dominaciones permanentes. Gillian Crowther explica que, “national cuisines must be understood as being shaped by the government, the upper classes, entrepreneurs, restaurateurs, cookbook and food writers, academics, non-governmental agencies, the food industry, and consumers, among others” (140). Aplicando este análisis al contexto de la novela, las tradiciones culturales son apropiadas y resignificadas por un sistema corrupto que las reconfigura y fragmenta el tejido cultural mexicano.
Una particularidad de los pozoles de Cinteotl son las piezas de carne que utiliza para el caldo. Tochtli narra que no le gusta el pozole porque “[…] lo hacen con las cabezas de los cerdos: una vez me asomé a ver el caldo en la olla y había dientes y orejas flotando” (Villalobos 26). Esta descripción revela cómo el niño ha aprendido a leer la violencia en los alimentos, a detectar en el caldo ritual los ecos de la fragmentación corporal que caracteriza al narcoestado. Asimismo, esta cita puede examinarse mediante el concepto de “carnismo” desarrollado por Melanie Joy que lo define como “an invisible belief system, or ideology, that conditions people to eat certain animals” (29). En otras palabras, las sociedades desarrollan narrativas culturales complejas para normalizar el consumo de carne mientras ocultan la violencia que lo hace posible. El carnismo opera mediante tres principios que Joy denomina las “tres Ns”: comer carne es normal, natural y necesario (30). Estas narrativas permiten que los consumidores se distancien psicológicamente del acto de matar animales, transformando cuerpos en “productos” mediante una serie de mediaciones simbólicas y lingüísticas.
Sin embargo, en el caso de Tochtli, este distanciamiento no ocurre. El niño ve “dientes y orejas flotando” (Villalobos 26), percibe los granos de maíz como dientes adicionales. Su descripción desnaturaliza el pozole al revelar los cuerpos fragmentados que contiene. Esta imagen conecta el pozole con las prácticas de desmembramiento asociadas al narcotráfico. Los “dientes y orejas” que flotan en el caldo funcionan como alegoría del cuerpo violentado por el narcoestado. Julia Kristeva, en su teoría de lo abyecto, describe aquellos elementos que “perturban identidad, sistema y orden” (4). El pozole, en la percepción de Tochtli, se vuelve abyecto, algo que debería nutrir se percibe como grotesco. La escena del pozole expone un orden que se presenta como legítimo pero que está fundamentado en la violencia extrema hacia los cuerpos.
Asimismo, la visión de Tochtli puede conectarse con lo que Castañón (253-254) señala sobre el contexto histórico del pozole al explicar que existen leyendas que vinculan el pozole prehispánico con prácticas rituales que incluían carne humana. Aunque los pozoles contemporáneos usan carne de cerdo, esta memoria cultural persistente carga el platillo con un aura de transgresión. Villalobos juega con esta ambigüedad ya que los “dientes y orejas” que Tochtli ve podrían ser fragmentos de cerdo, pero la descripción evoca inevitablemente cuerpos humanos. El pozole se convierte así en símbolo perfecto del narcoestado; algo que parece tradicional y legítimo contiene, literal y metafóricamente, fragmentos de violencia extrema.
Los elementos gastronómicos se redefinen como marcadores de poder y control en el narcoestado. Benedict Anderson argumenta que “las comunidades imaginadas se sostienen a través de prácticas simbólicas que generan un sentido de pertenencia colectiva” (6). Aunque Anderson se concentra principalmente en prácticas discursivas como la lectura simultánea de periódicos o el consumo de novelas, su concepto de “comunidades imaginadas” puede extenderse a prácticas culinarias. Anita Mannur propone el concepto de culinary citizenship, que permite entender cómo las prácticas alimentarias pueden funcionar como “sitios donde la ciudadanía se contesta e imagina” (11). El “narcobanquete fundacional” no funda nación, sino que expone su desintegración.
El dolor de Tochtli: El cuerpo infantil como archivo del trauma narco
A lo largo de la narrativa, el niño experimenta dolores recurrentes que no tienen explicación orgánica clara, pero que responden a su entorno. El cuerpo infantil se convierte en lo que Diana Taylor (19-20) llama un “archivo” del trauma: un repositorio involuntario de experiencias que no pueden ser articuladas discursivamente pero que se manifiestan como síntomas físicos. Tochtli describe estos episodios de la siguiente forma:
Cuando no soporto el dolor de la panza, como hoy, Cinteotl me prepara un té de manzanilla. A veces me dan unos dolores tan fuertes que hasta me pongo a llorar. Por lo general son como unos calambres, aunque los peores se sienten como un vacío que va creciendo y creciendo y parece que me va a reventar la panza. (Villalobos 47)
Aunque el heredero no describe un dolor concreto hay algo que amenaza con hacer estallar el cuerpo desde dentro. Esta descripción captura la experiencia de vivir en un entorno donde se pervierte la infancia para promover una pedagogía narco. Cathy Caruth señala que, “the body’s experience of trauma” donde “the body remembers what the mind cannot fully process” (3-4). La descripción del dolor funciona como una metáfora involuntaria de un malestar emocional que el niño no puede verbalizar completamente.
Por otro lado, el dolor de Tochtli es un efecto estructural del narcoestado. Oswaldo Zavala explica que el narcoestado no es únicamente una organización criminal, sino “una matriz de gubernamentalidad” (89) que penetra en todos los ámbitos de la vida, incluidos los más íntimos. En este contexto, el dolor estomacal de Tochtli también puede entenderse como lo que Johan Galtung (171) denomina un efecto de “violencia estructural” para refiere a aquella violencia que no se manifiesta como agresión directa sino como condiciones sistémicas que dañan a los individuos. El narcoestado produce cuerpos dolientes no necesariamente mediante violencia física directa contra ellos, sino mediante la construcción de entornos donde el encierro, la vigilancia y la ausencia generan sufrimiento somático.
Otro aspecto que cabe resaltar sobre la incapacidad de Tochtli para explicar sus dolencias se relaciona a las dinámicas de género. La represión de la vulnerabilidad emocional forma parte de la formación del hombre narco. Domínguez Ruvalcaba argumenta que “el cuerpo masculino en la narcocultura está sometido a un régimen de invulnerabilidad performativa” (94) donde expresar dolor emocional se percibe como debilidad. Aunque Tochtli es un niño, conoce este código y distingue que su dolor debe manifestarse como síntoma corporal—socialmente aceptable—en lugar de como sufrimiento emocional, inaceptable dentro de la masculinidad narco. Judith Butler (140-141) ha teorizado cómo el género funciona no como esencia natural sino como “performance”, es decir, una serie de actos repetidos que producen la ilusión de una identidad sustantiva. En el contexto del narcoestado, la masculinidad narco se constituye precisamente mediante la repetición performativa de actos que demuestran invulnerabilidad.
Tochtli ha aprendido a traducir malestar emocional en síntomas físicos aceptables. Como señala Rita Laura Segato en su análisis de la violencia de género en contextos criminales, “la masculinidad en estructuras mafiosas se constituye mediante la exhibición de una capacidad ilimitada para infligir y soportar dolor físico” (24). El dolor corporal, en este sentido, puede ser incorporado a la narrativa heroica del narco. Sin embargo, el dolor emocional no puede ser integrado a esta narrativa épica porque señala precisamente la vulnerabilidad y fragilidad que la masculinidad narco debe negar. Michael Kimmel argumenta en su análisis de masculinidades hegemónicas que “manhood is equated with power, and power is a zero-sum game” (30-31). Por lo tanto, admitir su vulnerabilidad emocional equivale, dentro de esta lógica, a perder poder, a feminizarse, a volverse indigno de respeto dentro de la jerarquía masculina.
Tochtli no recibe lecciones formales sobre cómo debe comportarse un hombre narco. El niño observa a Yolcaut y aprende qué emociones pueden expresarse—ira, desdén, triunfo—y cuáles deben reprimirse miedo, tristeza, necesidad de cuidado. No obstante, el único espacio donde el heredero puede recibir cuidado emocional es a través de su interacción con Cinteotl. Esta dinámica refuerza la división de género que estructura el narcoestado; las mujeres en roles domésticos, mientras que los hombres ejercen roles públicos, de poder.[3] Esto se debe a que el narcoestado permite el trabajo emocional femenino solo en la medida en que no amenace el orden de género que sostiene el poder masculino.
Frente al dolor recurrente de Tochtli, Cinteotl despliega un repertorio de saberes curativos ancestrales. El niño describe con precisión casi etnográfica el contenido de este archivo doméstico:
Cinteotl tiene un cajón lleno de hierbas que sirven para curar las enfermedades. Tiene la manzanilla para la panza, la tila para los nervios, las hojas de naranja para la dieta, la pasionaria para los nervios, el azahar para la digestión, la valeriana para los nervios y un montón de hierbas más, muchas para los nervios. (Villalobos 47)[4]
El cajón de hierbas de Cinteotl revela saberes que operan fuera de los circuitos médico-farmacéuticos modernos. Las infusiones que prepara no son simplemente remedios sino actos de preservación cultural. Cada té es una pequeña resistencia a la hegemonía de la medicina occidental y, por extensión, a la lógica del narcoestado que tiende a mercantilizar y controlar todos los aspectos de la vida. Esta dinámica refleja lo que Climent-Espino (296-308) explica de que la tensión constitutiva en las prácticas culinarias y curativas preserva identidad cultural y es funcionalizada por estructuras de poder dominantes. Como argumenta Zavala (102-105), el narcoestado opera precisamente mediante la captura de elementos culturales preexistentes que resignifica para sus propios fines. En el palacio, los saberes curativos de Cinteotl tienen el propósito de mantener funcional al heredero del narcoestado.
Las infusiones “para los nervios” (Villalobos 47) nombran lo que el discurso oficial del narcoestado no puede reconocer. Sin embargo, el cajón de té evidencia que los habitantes de la madriguera requieren sedación constante para tolerar su existencia. Paul B. Preciado argumenta que las sociedades contemporáneas gestionan cuerpos y subjetividades mediante “la administración de moléculas y signos” en un régimen que denomina “farmacopornográfico” (33-35). Según Preciado, este régimen opera mediante dos formas complementarias; por un lado, sustancias químicas—fármacos, hormonas, drogas—que modulan estados corporales y psicológicos; por otro, signos e imágenes que producen excitación o sedación. El objetivo del régimen farmacopornográfico es producir subjetividades dóciles cuyo malestar se gestiona mediante el consumo de sustancias en lugar de la transformación de estructuras sociales. En la madriguera, Tochtli se está convirtiendo en un adicto a las infusiones que calman su ansiedad, pero también lo es al propio sistema narco que lo enferma. Su dependencia de las infusiones de Cinteotl anticipa su futura dependencia del sistema de poder que heredará. Las infusiones, lejos de liberarlo, lo encadenan aún más a su posición dentro del narcoestado.
El acervo del trauma se intensifica cuando el lector se convierte en testigo y cómplice del narcoestado, pues ve cómo un niño que requiere cuidado y seguridad emocional para expresar vulnerabilidad es entrenado para negar esas necesidades. Nancy Scheper-Hughes (216) explica que la violencia cotidiana de la negligencia infantil y el abandono emocional produce una capacidad de violencia en la adultez. Esta es, quizá, la dimensión más perturbadora: la violencia se reproduce generacionalmente mediante la destrucción calculada de la capacidad infantil de Tochtli para sentir, nombrar y procesar el sufrimiento emocional.
Yolcaut, ante las recaídas estomacales recurrentes, lleva a su hijo a un médico para que lo atienda. Después de revisar a Tochtli, el médico declara que Tochtli está enfermo “de la psicología” (48). Aunque la novela no narra directamente la reacción de Yolcaut al diagnóstico, podemos inferirla de la respuesta de Tochtli: “yo no estoy enfermo de la mente, a mí nunca me ha dolido el cerebro” (48). Esta afirmación defensiva revela que el niño ha internalizado que no puede admitir que sufre psicológicamente porque hacerlo implicaría fracasar dentro del código de masculinidad narco. Al negar el dolor mental, Tochtli afirma su pertenencia al orden narco, demuestra que está aprendiendo los códigos correctos, que será capaz de heredar el poder sin sucumbir a la “debilidad” de las emociones.
Sin embargo, el dolor también señala los límites del poder. A pesar de las infusiones y del diagnóstico médico, el cuerpo de Tochtli continúa doliendo. Las dolencias de Tochtli evidencian que el narcoestado, para reproducirse, debe producir sufrimiento incluso en sus propios herederos. También demuestra que la pedagogía del poder es inseparable de la pedagogía del dolor. Tochtli es el archivo donde se registra la violencia del sistema, testimonio de los costos humanos de un orden basado en la dominación criminal.
Monrovia: colapso de la gastropolítica narco y los límites del poder territorial
El viaje a Monrovia, Liberia, representa un punto de inflexión porque el narcoestado enfrenta sus límites materiales y simbólicos. Yolcaut organiza esta expedición con un propósito específico: demostrarle a Tochtli que él “siempre puede” (Villalobos 28). El objetivo del viaje es conseguir hipopótamos enanos de Liberia—especie en peligro de extinción—para el zoológico privado de la madriguera. El zoológico privado conecta directamente con la iconografía de Pablo Escobar, cuyo zoológico en la Hacienda Nápoles se convirtió en uno de los símbolos más reconocibles del narcotráfico colombiano.[5] El zoológico privado reproduce la lógica de control total del narco, donde cada vida tiene su lugar asignado y cada espacio su función determinada.
Asimismo, el viaje a Monrovia marca un cambio radical en el universo alimentario de los habitantes del palacio. Al salir del espacio cerrado de la madriguera—donde cada comida está cuidadosamente preparada por Cinteotl—Tochtli, Yolcaut y el maestro Mazatzin se enfrentan a un mundo que ya no responde a estas lógicas. La comida, que hasta este punto ha funcionado como sistema cargado de significado, se convierte en Monrovia en fuente de desconfianza y desestabilización. Tochtli describe la comida africana:
Cuando nos despertamos, los sirvientes de nuestro hotel, el Mamba Point Hotel, nos llevan de comer a nuestra habitación. Nos llevan: hamburguesas, papas, una carne dura y ensaladas de lechuga que tiramos a la basura para no enfermarnos de las enfermedades de Monrovia. (Villalobos 58)
Esta cita condensa múltiples formas de colapso. Primero, la comida del hotel está completamente desprovista de las resonancias culturales que caracterizaban los alimentos en la madriguera. La comida es genérica, internacional, diseñada para turistas y viajeros de negocios, no para narcotraficantes mexicanos acostumbrados a que cada platillo comunique su posición en el orden social. En segundo lugar, la ausencia de Cinteotl resulta crítica pues sus conocimientos garantizaban que la comida fuera segura. En Monrovia, esta mediación desaparece.
Este rechazo puede analizarse por medio del concepto de “culinary citizenship” de Anita Mannur que argumenta que “food becomes a crucial site where citizenship is contested and imagined” (17), señalando cómo las prácticas alimentarias—qué comemos, qué rechazamos, cómo preparamos—funcionan como marcadores de pertenencia a comunidades imaginadas. En contextos diaspóricos o transnacionales, la comida permite “performances of belonging that work to undermine official forms of citizenship” (19). Los migrantes mantienen su identidad mediante prácticas culinarias que los conectan con sus lugares de origen y rechazan los alimentos del país receptor como forma de resistencia cultural. Mannur señala que “culinary practices become sites where racial and cultural hierarchies are inscribed” (23). En este contexto la comida de Monrovia se vincula con enfermedad, mientras que México—o más específicamente, la madriguera—se imagina como espacio de salud. Asimismo, el narcoestado mexicano, al no consumir la comida africana, se posiciona dentro de jerarquías globales de raza y desarrollo donde África ocupa el lugar más bajo. Esta posición es profundamente irónica dado que el narcotráfico es criminalizado y racializado por los poderes globales del norte—Estados Unidos, Europa—que presentan a los narcos mexicanos como amenaza civilizatoria.
La desconfianza alimentaria escala hacia un miedo generalizado que eventualmente fractura la unidad del grupo narco. Tochtli narra otro episodio culinario en Monrovia:
El ron del país Liberia viene en unas botellas oscuras, como si fuera veneno, pero es muy bueno porque quita lo aburrido. Si te tomas un vaso te dan ganas de reír y si te tomas más cuentas chistes […] El ron del país de Liberia se toma con Coca-Cola y con hielo. Eso se llama una cuba. Franklin Gómez (Mazatzin) prefiere tomarlo caliente, sin hielo. Dice que los hielos del Mamba Point Hotel pueden tener las enfermedades fulminantes de Monrovia. Winston López (Yolcaut) prefiere enfermarse que tomar las cubas calientes que saben a mierda sin hielo. (62-63)
Esta cita revela tensiones fundamentales sobre cómo gestionar el riesgo en territorio no controlado. El maestro Mazatzin adopta una posición extrema de rechazo ya que prefiere consumir ron caliente antes que arriesgarse al hielo preparado con agua local. En cambio, la preferencia de Yolcaut al tomar cubas con hielo revela una disposición diferente hacia el riesgo. En la madriguera, el control total y placer ilimitado coexisten, pero en Monrovia, se debe elegir.
El viaje a Monrovia revela que el poder del narcoestado no es transferible. Los mecanismos que producen control en México no existen en Liberia. Yolcaut llega a Monrovia con dinero, pero sin las infraestructuras de poder que el dinero por sí solo no puede comprar. La estancia en Monrovia expone la imposibilidad de sostener el proyecto narco más allá de sus límites territoriales. El narcoestado no es un orden alternativo viable al Estado nación sino un parásito que se lucra del Estado y de sus infraestructuras para existir.
Finalizando el narcobanquete
Este artículo ha propuesto que Fiesta en la madriguera construye un narcobanquete desfundacional como un dispositivo narrativo donde los rituales culinarios articulan una gastropolítica que subvierte las ficciones nacionales analizadas por Doris Sommer. La comida se convierte en un lenguaje fundamental que revela cómo el narcoestado penetra los gestos más íntimos. La tesis se ha demostrado mediante cuatro momentos gastronómicos claves. Primero, la cena entre Yolcaut y el gobernador funciona como núcleo gastropolítico donde la comida ritualiza jerarquías y la hospitalidad se transforma en teatro de sometimiento. Luego, a través de la figura de Cinteotl y su pozole representan la apropiación de tradiciones culinarias mexicanas al servicio del narcoestado. En tercer lugar, el dolor estomacal de Tochtli y su diagnóstico psicológico revelan cómo el narcoestado gestiona cuerpos mediante un régimen farmacopornográfico. Por último, el viaje a Monrovia expone los límites territoriales del poder narco y evidencia que, sin sus infraestructuras de control, el poder narco se disuelve en paranoia.
Fiesta en la madriguera confronta a los lectores con una pregunta que trasciende lo literario: ¿qué significa comer en un contexto donde las estructuras de producción, distribución y consumo han sido penetradas por el crimen organizado? La novela no ofrece soluciones ni esperanzas fáciles pues, deja a los lectores con una imagen perturbadora, un niño que espera su coronación como el rey del narco. La madriguera permanece cerrada, Tochtli continúa su formación narco, el sistema se reproduce generacionalmente. Pero al exponer con precisión devastadora cómo opera ese sistema realiza un gesto crítico fundamental: hace visible lo que las narrativas oficiales intentan naturalizar u ocultar. El narcobanquete es un síntoma de crisis más profunda en el proyecto nacional mexicano. Cuando las prácticas gastronómicas que tradicionalmente construían cohesión son capturadas y pervertidas por lógicas criminales, la posibilidad misma de imaginar futuros colectivos se desintegra. El narcobanquete no funda una nueva nación, sino que expone la desfundación de la existente. La imposibilidad de sostener ficciones de unidad cuando la violencia criminal ha penetrado las estructuras más básicas e íntimas de la vida familiar. Documentar cómo opera la desfundación es primer paso necesario para imaginar cómo podría deshacerse.
Trabajos citados
- Anderson, Benedict. Imagined Communities: Reflections on the Origin and Spread of Nationalism. Verso, 2006.
- Appadurai, Arjun. “Gastro-Politics in Hindu South Asia.” American Ethnologist, vol. 8, no. 3, 1981, pp. 494-511.
- Bell, David and Gill Valentine. Consuming Geographies: We Are Where We Eat. Routledge, 1997.
- Butler, Judith. Gender Trouble: Feminism and the Subversion of Identity. Routledge, 1990.
- Caruth, Cathy. Unclaimed Experience: Trauma, Narrative, and History. Johns Hopkins UP, 1996.
- Castañón, Adolfo. “The evolution of Mexican Cuisine: Five Gastronomical Seasons, Mole, Pozole Tamal, Tortilla, and Chile Relleno.” Food, Texts and Cultures in Latin America and Spain, editado por Rafael Climent-Espino y Ana María Gómez-Bravo, Vanderbilt UP, 2020, pp. 238-271.
- Climent-Espino, Rafael. “A Gastrocritical Reading of Miguel Ángel Asturias’s Early Narrative: Legends of Guatemala, The President, and Men of Maize.” Food, Texts and Cultures in Latin America and Spain, editado por Rafael Climent-Espino y Ana María Gómez-Bravo, Vanderbilt UP, 2020, pp. 295-317.
- Counihan, Carole, y Penny Van Esterik. “Introduction.” Food and Culture: A Reader, editado por
- Carole Counihan y Penny Van Esterik, Routledge, 2013, pp. 1-10.
- Crowther, Gillian. Eating Culture: An Anthropological Guide to Food. U of Toronto P, 2013.
- Domínguez Ruvalcaba, Héctor. Translating the Queer: Body Politics and Transnational
- Conversations. Zed Books, 2016.
- Douglas, Mary. Purity and Danger: An Analysis of Concepts of Pollution and Taboo. Routledge, 2002.
- Fanon, Frantz. Black Skin, White Masks. 1952. Traducido por Charles Lam Markmann, Grove Press, 1967.
- Foucault, Michel. Power/Knowledge: Selected Interviews and Other Writings, 1972-1977.
- Editado por Colin Gordon, traducido por Colin Gordon et al., Pantheon Books, 1980.
- Galtung, Johan. “Violence, Peace, and Peace Research.” Journal of Peace Research, vol. 6, no. 3, 1969, pp. 167-191.
- Hochschild, Arlie Russell. The Managed Heart: Commercialization of Human Feeling. U of California P, 1983.
- Joy, Melanie. Why We Love Dogs, Eat Pigs, and Wear Cows: An Introduction to Carnism. Conari Press, 2010.
- Kimmel, Michael. Manhood in America: A Cultural History. Oxford UP, 2012.
- Kristeva, Julia. Powers of Horror: An Essay on Abjection. 1980. Traducido por Leon S. Roudiez, Columbia UP, 1982.
- Lefebvre, Henri. The Production of Space. Traducido por Donald Nicholson-Smith, Blackwell, 1991.
- Lévi-Strauss, Claude. The Raw and the Cooked: Introduction to a Science of Mythology. 1964.
- Traducido por John y Doreen Weightman, Harper & Row, 1969.
- Mannur, Anita. “Culinary Nostalgia: Authenticity, Nationalism, and Diaspora.” MELUS, vol. 32,
- 4, 2007, pp. 11-31.
- Montanari, Massimo. Food is Culture. Traducido por Albert Sonnenfeld, Columbia UP, 2006.
- Preciado, Paul B. Testo Junkie: Sex, Drugs, and Biopolitics in the Pharmacopornographic Era.
- Traducido por Bruce Benderson, The Feminist Press, 2013.
- Said, Edward W. Orientalism. Pantheon Books, 1978.
- Scheper-Hughes, Nancy. Death Without Weeping: The Violence of Everyday Life in Brazil. U of California P, 1992.
- Segato, Rita Laura. Las estructuras elementales de la violencia: Ensayos sobre género entre la antropología, el psicoanálisis y los derechos humanos. Prometeo Libros, 2010.
- Sommer, Doris. Foundational Fictions: The National Romances of Latin America. U of California P, 1991.
- Taylor, Diana. The Archive and the Repertoire: Performing Cultural Memory in the Americas. Duke UP, 2003.
- Villalobos, Juan Pablo. Fiesta en la madriguera. Anagrama, 2010.
- Zavala, Oswaldo. Los cárteles no existen: Narcotráfico y cultura en México. Malpaso, 2018.
////
[1] David Bell y Gill Valentine señalan que “somos donde comemos” (7), sugiriendo que los espacios de consumo alimentario construyen identidades geográficas y afectivas. La madriguera, en este sentido, no es solo un lugar físico sino una geografía afectiva producida por prácticas alimentarias específicas. El espacio se construye al comer, y comer en la madriguera significa habitar una lógica de poder que define el adentro y el afuera, lo permitido y lo prohibido, lo limpio y lo contaminado.
[2] Mary Douglas (15) propone que las categorías alimenticias codifican eventos sociales: lo que comemos, con quién lo comemos y cómo lo comemos comunica quiénes somos y cuál es nuestro lugar en el mundo (15). Lévi-Strauss (10), por su parte, analiza las oposiciones binarias fundamentales que estructuran los sistemas culinarios: crudo versus cocido, fresco versus podrido. Estas oposiciones no son simplemente culinarias; son cognitivas. Nos permiten pensar el mundo, organizarlo, entenderlo.
[3] Arlie Hochschild (162-163) en su teoría del “trabajo emocional”, las sociedades capitalistas y patriarcales delegan el cuidado afectivo a mujeres—especialmente mujeres de clase trabajadora y racializadas—mientras que reservan para los hombres privilegiados la posibilidad de ser afectivamente inexpresivos sin consecuencias.
[4] La ironía de esta cita es que, si bien, el narcoestado envenena a la sociedad con narcóticos industriales recurre, para sus propios miembros, a remedios tradicionales que alivian temporalmente el malestar que el propio sistema genera. Las hierbas de Cinteotl funcionan, así, como fármacos que hacen ese sufrimiento tolerable, permitiendo que el sistema continúe operando.
[5] Al incluir hipopótamos en su zoológico, Villalobos establece una conexión intertextual explícita con la narconovela colombiana y particularmente con la figura de Escobar como arquetipo del narco-patrón.
Introdução
Apreender a materialidade da escrita é para um historiador a possibilidade de leitura mais vertical das fontes de sua investigação. No campo da história da alimentação, a sensibilidade para considerar a escrita um artefato e uma forma de linguagem, se complementam e incorporam sentidos ao texto, ao informar, outrossim, sobre o gesto de quem escreve. Minhas buscas compreensivas sobre os eventos passados e sobre a comida e o gosto alimentar se vergam sobre papéis velhos dos arquivos e percebem que a escrita é, também, elemento material da cultura, artefato da vida, gesto humano.
Faço um radical recorte para que este texto cumpra um papel problematizador sobre a comida e as formas marcantes de exprimir em escrita os gostos alimentares. Sobretudo, esforço-me para que o documento essencial de minha análise, uma lista de despesas com alimentos, esteja transcrito ao final e possibilite sua leitura por interessados em investigá-lo. Penso as materialidades e tento lê-las nos objetos, refletindo na expressão de Daniel Roche sobre eles:
Os objetos, as relações físicas ou humanas que eles criam não podem se reduzir a uma simples materialidade, nem a simples instrumentos de comunicação ou de distinção social. Eles não pertencem apenas ao porão ou ao sótão, ou então simultaneamente aos dois, e devemos recolocá-los em redes de abstração e sensibilidade essenciais à compreensão dos fatos sociais. (Roche 13)
Os artefatos integram-se à vivência humana de forma radical. São elementos materiais da cultura e não apenas a representação da inteligência que os constrói. Incorporam os gestos no uso e se reinscrevem em um cotidiano de que são parte, mas não só: o objeto integra-se ao corpo humano, associa-se à razão, participa da sociabilidade, do desejo dos homens e é símbolo de construções diversas da imaginação. São intrínsecos aos atos vividos.
A cultura material, reforçada pela tradição que nomeia assim a busca interpretativa dos bens materiais das sociedades, objetiva, em verdade, compreender os elementos materiais da cultura ou a dimensão palpável de uma realidade vivida. E é a partir dessas plataformas de observação que os historiadores e outros cientistas sociais têm buscado compreender as transformações sociais pela leitura das coisas da vida. Não há uma cultura material e outra imaterial. Existem culturas, e elas possuem elementos materiais e simbólicos integrados, articulados ao fazer e ao saber da vida social (Meneses 2018).
A escrita é, para além de outras materialidades, sobretudo, artefato e gesto. Gesto é pura materialidade expressa pelo corpo, nossa mais essencial matéria. O gesto manipula e manuscreve constrói tipos móveis e imprime; o gesto grafa. Os dicionários da língua portuguesa o definem como movimento de expressão do corpo, mímica, tudo para exprimir ideias e sentimentos. David Le Breton, em A sociologia do corpo afirma:
Como a língua, o corpo é uma medida do mundo, uma rede jogada sobre a multidão de estímulos que assaltam o indivíduo ao longo de sua vida cotidiana e que só retém em suas malhas os que lhe parecem mais significativos. (…) O corpo não é, portanto, uma matéria passiva, submetida ao controle da vontade, obstáculo à comunicação, mas, por seus mecanismos próprios, é de imediato uma inteligência do mundo. Esse conhecimento sensível inscreve o corpo na continuidade das intenções do indivíduo confrontado a seu ambiente; ele orienta em princípio seus movimentos ou suas ações sem impor a necessidade preliminar de uma longa reflexão (Le Breton 190).
A tradição do pensamento ocidental construiu o dualismo entre materialidade e imaterialidade, entre artefato e inteligência, entre natural e cultural, entre o palpável e o simbólico, opondo material versus ideal, matéria versus mente, sensorial versus abstrato, hierarquizando pensamento-comportamento-matéria, exaltando a superioridade da inteligência e tratando a materialidade como, apenas, uma representação desta. Como Marcelo Rede, procuro problematizar o artefato em uma dimensão ontológica, onde ele é gesto humano, expressão da criatividade e das relações sociais, e em uma perspectiva epistemológica, tratando a materialidade como saber e como fazer e, ainda, como documento da História. No diálogo com as outras ciências sociais a História provocou um “esvaziamento da diacronia”, verticalizando a historicidade do tempo e beneficiando com isso uma visão mais sistêmica e estrutural das experiências em cultura (Rede 138).
Gesto e artefato, inteligência e linguagem
O gesto é artifício, expressão e movimento corporal; une o corpo e a materialidade própria do organismo humano. O artefato, materialidade que estende o gesto ao seu mundo, é instrumento das intenções, opções e sentimentos do homem (Meneses 2017 10). Luce Giard (273), pensando a cozinha e a cozinheira e fundamentada em Marcel Mauss, classifica os gestos como “técnico” ou “de expressão” e os submete às suas finalidades, utilidades e eficácias. A autora nos deixa claro: eles são sequências ordenadas e ações elementares e banais, ordinárias em um cotidiano de fazeres marcado pela utilidade e pela capacidade de organização do ser humano. Gestos têm duração—enquanto durar sua utilidade—e configuram aprendizado, memória e reconstituição; exigem habilidade e suprem necessidades concretas e simbólicas. A escrita é tudo isso e é, portanto, gesto.
No arquivo, onde se salvaguardam acervos e repertórios documentais para a pesquisa histórica, a escrita é memória materializada em tinta, papel, pena, tipo de impressão, mão e o sujeito escritor. Um ser de materialidades, do esforço da ação, esforço físico e mental, materialmente feito de tempo gasto pelo ato de escrever.
Recordam-se neste ponto a “Hétérographies” de Fernando Bouza, e o seu belíssimo texto “Escribir a corazón abierto”, pois sempre se escreve com esforço e com alma. Falando especificamente de emissão e recepção de cartas e de seus múltiplos sentidos e significados, o autor espanhol apresenta-nos saberes, esforços profissionais, um “mercado do escrito”, exposições de almas, fazeres que se concretizam desnudando o coração (Bouza 509).
Nos acervos dos arquivos encontramos a escrita e o escritor. A escrita corporificada em grafias e em suportes, e quem a expressa, em alma e corpo. Por isso, Bouza nos fala de uma fisiologia do ato de escrever que vai do coração à pena, passando pela mão; eu complementaria, pela mão e pelo gesto. Fisiologia visível, arte, fazer, saber, capacidade manual, artesanal, competência gestual. Arte é, essencialmente, materialidade e inteligência, imbricadas e separáveis apenas pelo nosso didatismo simplista e empobrecedor. Na “fisiologia” de Fernando Bouza eu acrescentaria alguns fatores: gestos mais ou menos sofisticados, suor e lágrimas, ansiedades, necessidades, desejos; escolhas caligráficas, opções de cores e de texturas, sensibilidades.
Os manuscritos e impressos, nos arquivos são heranças memorialísticas, memórias sociais evidentes, são nossos objetos informantes da compreensão e da narrativa feita por nós. Marina Furtado Gonçalves afirma, tendo como base a perspectiva analítica dos elementos materiais da cultura, que “o documento em si, [é] composto pelo papel, tintas, marcas e vestígios, um objeto de natureza material constituído historicamente” (Gonçalves 17). A escrita, portanto, materialmente, documenta, é vestígio, rastro da memória; é a própria memória. É repertório de dados para a compreensão crítica de seu tempo. Das temporalidades do seu fazer.
Seus significados, voltando a Fernando Bouza, quer escrito de próprio punho ou com mão alheia, são múltiplos e dependentes de diversos fatores, distintos em várias sociedades e tempos. No seu texto, a materialidade epistolar—lembro que o autor trata da escrita de cartas— diz ao leitor recados e leituras variadas. A carta pode ser escrita de próprio punho, com punho alheio e assinada de próprio punho, impressa e assinada de próprio punho, etc.
A escrita, manuscrita ou impressa, é mensurável em sua materialidade de tempo, de quantidade de tinta, de espaço no suporte, de intensidade de pressão sobre o papel, ou de cor —nas letras capitulares, por exemplo, ou de correções com diversos materiais que apagam e reescrevem por cima. É medida em gestos e em artes/fazeres para executá-los, em posições corporais e dos suportes móveis—como, por exemplo, o ângulo adequado do tampo da escrivaninha para facilitar o gesto, em posturas do corpo para seu conforto ou a passagem da luz, em tamanhos de tipos móveis a serem compostos no caixilho da tipografia, em número de autorias etc. Muito gesto, muita materialidade.
A escrita é presença corporal/material e espiritual de quem escreve: é inteligência e é coração, mão e pena; é “retrato do ânimo”, do humor, do espírito. Como nos “Colóquios de Palatino y Pinciano” de Juan de Arce de Otálora, citado por Bouza, ainda se referindo às fontes epistolares: “Entre amigos é um presente de amor ver letras das suas próprias mãos, que nos consolam e refrescam a memória como se os víssemos presentes” (520). E continua Juan de Arce: “Não se pode chamar ‘carta’ aquelas escritas pelo secretário, porque não se pode significar nelas afetos do coração e nem ter tanta certeza dela” (520). Pois, complementa, “cada mão tem sua atmosfera e forma particular como tem a voz e o rosto de cada um” (520). A escrita como materialidade da alma, tendo o coração, a mão e a pena como instrumentos, como órgãos e como objeto que estende o gesto, satisfaz a vontade e o desejo de se desnudar. Assim, a “atmosfera” da mão, o seu universo de movimentos, a sua mobilidade múltipla e eficiente, constrói a expressão de si em palavras, em tinta sobre papel.
As cartas pessoais, como “fontes epistolares” para a compreensão do passado, têm natureza interessante e nos instigam, ao lê-las, a clara percepção de pessoalidade e de intimismo, características destinadas ao diálogo entre, no mínimo, duas pessoas, que nossa sensibilidade à leitura leva à compreensão de relações pessoais e de escrita de si. A conexão remetente-destinatário, materializada em papel e tinta, foge à efemeridade da oralidade e delineia elaboração mais reflexiva de intenções e de compartilhamentos de quem escreve. Muitas vezes são “códigos de uma escrita íntima decifrados pela amizade” (Santos 39). E, eu complementaria, tornados materialmente legíveis para permanecerem no artefato carta, serem lidos e relidos, continuarem duráveis e permitirem a guarda.
A materialidade da escrita nos documentos é expressa por Márcia Almada como “o conjunto de características formais e físicas que conformam o escrito” (20). São uma série de materiais e de técnicas: o registro textual, o suporte, os materiais de inscrição, pintura e impressão, as formas de conservação como “uma encadernação e as materialidades encravadas pelo tempo, “dobras, alças, adesivos, furos, rasgos, marcas digitais entre outros indícios” (Almada 20). Espelhando-se em Fernando Bouza, cita os sentidos da visão—“visualidade”, olfato—o cheiro—e o tato—textura—e “eventualmente os ouvidos” para a percepção sensorial/material dos escritos. Sou tentado a incluir o paladar, pela sensação gustativa de alguns escritos que podem nos dar “água na boca”. Diria eu, também, que mesmo a desmaterialização que as traças provocam no papel são materializações de buracos, de perdas —textuais, de ausências. Há materialidade neste “vazio parasita” no suporte de papel. Examinar organolepticamente um documento escrito é sentir a dinâmica e a história de sua construção material.
Vários autores pensam a escrita de forma interessante para uma história social. Poderíamos aqui referenciar as práticas das culturas gráficas em Armando Petrucci, as temporalidades dos livros, em imenso número de autores, dentre eles Robert Darnton; as materialidades das edições, como em Roger Chartier, Jean Hébrard e Henri-Jean Martin; as leituras e os leitores em outros sem número de escritores como Alberto Manguel; os impressos em papel como em Eddy Stols; as imagens impressas, como em Miguel Figueira de Faria; o mapeamento da escrita em atlas geográfico, em Franco Moretti; a magia dos impressos em Martyn Lyons e outros tantos historiadores da escrita. Nem todos olharam a escrita pela perspectiva de suas materialidades. Importante é lembrar que textos ficam e se guardam. Outros se perdem em efemeridades propositais ou não, como ressalta Chartier:
No início do século XVII, Cervantes colocou no caminho de Dom Quixote e Sancho o librillo de memoria de Cardênio, que serve de primeiro suporte a poemas e cartas que serão depois recopiados. Tanto um quanto outro, o religioso poeta e o escritor desajeitado, associaram intimamente a escrita à memória, como se toda inscrição pudesse ou devesse ser apagada, como se a escrita se esforçasse sempre para conjurar sua própria fragilidade. (19)
Mas as palavras duráveis, escritas e carregadas junto ao corpo podem, também, ter força de magia e de poder como nos mostra o trabalho de Gislaine Gonçalves Dias Pinto. Estudando o poder das palavras e das imagens em orações carregadas por cristãos novos ela nos informa: “O uso de “escritas mágicas” não seria restrito às camadas populares. Reis, clérigos e pessoas da nobreza utilizavam elementos de ourivesaria; papéis assinados ou escritos por pessoas canonizadas; orações para protegerem-se do mal, de doenças e de ferimentos de armas” (Pinto 217). E complementa: “Para a efetivação do poder protetor das orações não bastava apenas proferir suas palavras, era preciso carregá-las escritas junto ao corpo” (Pinto 217). A escrita como amuleto, artefato de proteção; materialidade produzindo ação mágica.
Nos documentos que os arquivos nos guardam a escrita é sempre peça construída para provar algo. Não serve ao historiador como prova de nada. No entanto, responde a nossos problemas compreensivos, atendendo às nossas narrativas; escritas autorais materializadas em textos que nos expressam corporal e mentalmente. Novas escritas expressando, materialmente, ânimos, humores, necessidades, desejos, mentes e corações.
Necessidade, papel e pena: a lista de alimentos de Anna Perpétua
A necessidade também escreve. Anna Perpétua Marcelina da Fonseca ficou viúva em 1793, no Tejuco—atual Diamantina, Minas Gerais, Brasil—e foi a inventariante dos bens familiares na elaboração do Inventário post mortem do marido. Com cinco filhos menores para criar, teve de se valer dos bens da família para sustentá-los, o que deve ter sido fácil, posto a numerosa posse de riqueza deixada. Para se ter ideia da sua riqueza, basta citar a herança de 136 escravizados alugados à Intendência dos Diamantes e mais cerca de cinquenta escravizados domésticos e envolvidos em atividades agropastoris, comerciais e de mineração de ouro, 14 moradas de casas no Arraial do Tejuco e uma “tropa” de comércio.[1] D. Anna já administrava os bens mesmo quando o marido, Luís José de Figueiredo, médico, era vivo.[2]
No Inventário post mortem foram anexadas três listas justificadoras da necessidade do uso dos recursos na administração dos negócios e sustentação da família e dos escravizados domésticos: “Lista dos lucros que tem tido a herança”, “Lista de despesas com o funeral” e a de “Despesas de Mantimentos de julho de 1793 até outubro de 1796”. Este último rol materializa em texto o que podemos narrar sobre o próprio cotidiano alimentar da abastada família do Tejuco, ao final do século XVIII.
É importante criticar e até duvidar do rigor das anotações da viúva. Podemos questionar a eficiência contábil dessa dona de casa, frente às suas atribuições cotidianas de mãe e de administradora dos negócios, em momento de fragilidade pela viuvez. Ou, de forma contrária, podemos até afirmar a possibilidade dessa capacidade gerenciadora e planejadora da viúva, além da possibilidade de a lista ter sido feita—ou ditada a—por um escrivão. Ainda que possam ser falhas e manipuladas as listagens, elas, para cumprirem bem sua função no processo, não poderiam ser construídas à revelia da realidade local e regional, pois constituiriam, se assim fosse, fraude evidente e não seriam aceitas no processo. Assim, mesmo sob o filtro da crítica documental, elas nos indicam as necessidades, o consumo, a produção, os usos e os costumes dessa família abastada.
A lista de despesas arrola os “mantimentos”, palavra de significado amplo, englobando, além dos alimentos sólidos, os produtos de botica, as bebidas, o azeite para iluminação e as “miudezas”—botões para vestimentas, linhas para costuras, porções de especiarias de tempero e alguns alimentos, como frutas—, adquiridos no comércio fixo ou ambulante. Ela enumera quarenta e dois itens de consumo da família e de seus escravizados domésticos. Os alimentos, alguns deles consumidos regularmente durante o decorrer dos anos e outros sazonalmente, nos permitem interpretar a relação deste consumo com os ditames do clima, os preceitos religiosos, a ocorrência de doenças, a sociabilidade urbana, etc. São evidenciados os produtos “do Reino” e os “da terra”, distinguindo, assim, suas procedências. A lista demonstra, também, a grande produção local/regional e a reduzida importação de bens de outras capitanias ou de Portugal.
A comida é cultura, como propõe Massimo Montanari (2009). Ela é linguagem denotadora de temporalidades no jogo com os espaços. Ela constrói vocábulos, gramáticas, sintaxes e retóricas denotadoras de contextos sociais específicos. Ingredientes e receitas, talheres, conjugação de pratos e de comportamentos à mesa são, assim, evidências materiais de formas de viver interessantes para a compreensão de um todo cultural.
A produção “da roça” da família, atestada pela lista dos “Lucros que tem tido a herança”, concorria para minorar em muito as despesas com a aquisição de produtos no mercado local. Incluíam-se aí o feijão, o arroz, o milho e a sua farinha, carne de boi, leite, hortaliças, algodão—para fiar e tecer, azeite de mamona para iluminação, lenhas, carvões e sebo para sabão. O consumo de arroz, claramente evidenciado, aponta para um hábito alimentar negado pelas narrativas ensaísticas tradicionais sobre a alimentação dos mineiros, no período. O arroz está presente nas duas listas, “de Lucros” e de “Despesas”. Dona Anna Perpétua o produzia em sua roça, o armazenava e o consumia e, quando faltava em suas reservas o encontrava para aquisição no mercado local.
A dieta cotidiana no domicílio de D. Anna era variada e rica como discutido por mim em outros textos (Meneses 2000; Meneses 2020). Consumia-se peixe fresco e peixe seco da pesca regional, além do bacalhau vindo do Reino “para as sextas e sábados”. A carne de porco, seus miúdos e o toucinho foram compras cotidianas, e a mandioca era consumida como farinha e in natura.
O trigo foi escasso e de consumo raro posto ser caro e em sua grande parte importado do Reino. O pão de trigo, assim, não foi um alimento do cotidiano mesmo no ambiente doméstico das famílias de posses. Os portugueses, como era o caso de D. Anna e de seu marido, nas Minas Gerais, adaptaram-se à falta desse cereal. A farinha de milho e o fubá configuraram-se, então como produtos para a confecção de vários petiscos, substitutos do pão. A oferta já regular do sal, ao final do século XVIII é evidenciado pela lista D. Anna, tanto o “do Reino” como o “da terra”.
A alimentação nas Minas Gerais ao final do setecentos se complexificava e sua população já não tinha “sua melhor bodega nos matos e nos rios” (Holanda 181). A “civilização do milho” como a interpretou Holanda, transformou-se e diversificou-se com a sedentarização e com a fixação das populações nos arraiais e nas vilas, mesmo que não tenham se perdido os antigos costumes. Continuaram a ser consumidos os produtos do milho e os da mata. Angu, milho verde em espiga—assado ou cozido, pipoca, curau, pamonha, farinha—“o verdadeiro pão da terra”, canjica grossa, canjiquinha, cuscuz, catimpuera, aluá e jacuba, originários do milho, além do broto de samambaia, do palmito, das caças e dos peixes, do mel de abelhas e outros produtos dos matos continuaram a frequentar a mesa dos habitantes das Minas, associando-se àquela maior oferta de alimentos e, ainda, amalgamando-se mais cotidianamente aos costumes reinóis e aos de indígenas e de africanos.
A lista evidencia fartura. Consumiam-se queijos importados e de fatura local, além das hortaliças, legumes e frutas—bananeiras, frutas de espinho e jabuticabeiras—dos quintais que, cotidianamente, enriqueciam a dieta alimentar.
-*-
A transcrição documental das “Despesas de mantimentos” encerra este texto e objetiva exemplificar, em parte, a materialidade de uma escrita e as possibilidades de leitura de um documento de realidades passadas a partir de uma perspectiva que não o vê apenas como rol de bens de consumo. É documento da necessidade cotidiana. A leitura desta escrita como artefato ultrapassa a percepção de um ato processual cartorário e evidencia-se como denotativo de uma experiência e ação humanas na administração de uma família e seus bens. A agência de uma mulher constrói no gesto da escrita um artefato apresentador da experiência familiar, do gosto e das possibilidades alimentares da elite colonial. Esta lista escrita materializa coração, mente e mão de Anna Perpétua.
Inventário post mortem de Dr. Luiz José de Figueiredo
Inventariante: D. Anna Perpétua Marcelina da Fonseca
(Inv. 14/BAT/1º of./maço 52, 1793)
Despesa de Mantimto Julho de 1793 athe Desbro[3]
De pam no (?) molestia 2
De Carne 2 1/2
P. 2 aroubas de Toucinho 3
P. 4 alq.res de farinha 2
P. 1 barril de azeite 1 ¼
2 alq.res de feijão 1
1 frasco de vinagre 1 ¼
1 bruaca de sal 4 26 – ¼ – 2
4 alq.res de fubá 1
1 arouba de asucar 1 ½
6 alq.res de milho 1 ½
½ duzia de galinhas 23/42 (?)
1 duzia de queijos 1 ¼
8 Lbas de bacalhao pa as sextas e sábados 1 ½
Miudezas # 72
Agosto
1 ½ arroubas de toucinho 2 # – 2
De Pam 1 ¼
Carne 2 ½
1 frasco de azeite doce 2
2 alq.res de feijão 1 13 ¼ – 2
6 ditos de fubá 1 ½
6 ditos de milho 1 ½
8 Lbas de bacalhau 1 ½
Miudezas # 72
7 bro
1 duzia de galinhas 13/44 (?)
de Carne 2
1 ½ arobas de toucinho 2 # – 2
4 alq.res de farinha 2
2 dos de feijão 1 ¼
5 dos de fuba 1 ¼ 15 ¼ – 2
5 dos de milho 1 ¼
1 arouba de carne seca 1 ¼
1 barril de azeite 1 – # – 4
8 Lbas de peixe # 74 – 4
4 fatos pa os escravos # 72 #
miudezas # 72 #
8 bro
Carne 2 ½
1 ½ aroubas de toucinho 2 ½
1 bruaca de sal 3 ¼ – 4
4 alq.res de farinha 2 ½
2 dos de feijão 1 ¼
6 dos de fubá 1 ½ – 4
5 dos de milho 1 ¼ – 5 21 – ¾ – 1
1 arouba de asucar 1 ½
1 duzia de frangos 1 – # – 4
de pam # – 74 – 4
1 arouba de sebo pa sabão 2 – # – #
5 fatos pa os escravos e sabão # – 72 – 4
8 Lbas de peixes e miudezas # ¾ –
9 bro
Carne 2
de toucinho e miúdos de porco 3 ½
1 barril de azeite 1 ¼ – 4
2 alqres de feijão e 4 dos de farinha 3 ¾
6 dos de milho, 4 dos de fubá 3 16 – # – 6
1 do de aros 1 ¼
8 Lbas de peixe # – 74 – 4
miudezas # 72 –
Dezbro
Carne 2 ¼
Toucinho e miúdos de porco 3 ½
1 duzia de frangos 1 – # – 4
½ duzia de galinhas 1 ½
2 alqres de feijão 1 ¼
5 dos de fuba e 6 dos de milho 1 ¾ – 2
5 dos de farinha 3 – # – 4
½ arouba de carne seca # – ¾ – #
2 aroubas de farinha de trigo de São Paulo 6
1 frasco de azeite doce 1 ¾ – 4
1 arouba de asucar 1 ½
1 duzia de queijos 1 ¼
3 fatos pa os negros ¼ – 4
8 Lbas de peixe e miudezas ½ – 4
Despesas dos escravos com bexigas, Valeria crioula, Turibio mulatinho, Quintianila crioulinha
Pam # ¾ #
2 frascos de caxaça e 1 do de vinho 1 1/2 – 4
1 do de vinagre 1 ¼
2 duzias de galinha 1 ¼
Papoulas (?) # – ¾ – #
Janro – 1794
Carne 2
1 ½ arouba de Toucinho 2 ¼
2 alqres de feijão 1 ¼
5 dos de farinha 3 – # – 4
miudos de porco 1 ¼
½ bruaca de sal 2 ¼
½ dúzia de queijos # – 72 – 4
1 barril de azeite 1 ¼
2 fatos pa os escravos # – 74 – #
Miudezas e 8 Lbas de peixe 1
Despesas dos escravos com bexigas, Miguelina mulatinha, Lautério mulatinho, Qintiliano crioulo, Paulina mestiça, e seu filho Policarpio
3 duzias de galinhas 6 ¾
Pam 2
1 barril de caxaça 1
1 frasco de vinho 1 ¾
4 aroubas de carne seca 5
1 frasco de vinagre 1 ¼
1 Lba de Xa # – 72 – #
Doen (?) João José
2 duzias de galinha 4 ½
Pam 1 ½
1 frasco de vinho 1 ¼
2 Lbas de manteiga do Reino 1
Fevro
Carne 2 ½
1 ½ arouba de toucinho 2 ¼
2 alqres de feijão 1 ¼
5 dos de farinha 3 – # – 4
miudos de porco # – ¾ – #
meya bruaca de sal 2 ¼
½ dúzia de queijos # – 74 – # 4
1 barril de azeite 1 ¼
1 ½ arouba de sebo pa sabão 3
6 fatos e cabesas pa os negros e sabão # – 74 – #
8 Lbas de peixe # – 74 – #
miudezas # – 72
Março
1 arouba de peixe 1 ¼
Carne # – 72 – #
2 aroubas de toucinho 3
1 barril de azeite # – ¾ – 6
5 alqres de farinha 3 – # – 4
3 dos de feijão 1 ¾ – 4
1 frasco de azeite doce 2
8 Lbas de bacalhau 1 ½
½ arouba de asucar 1
1 alqueire de aros 1 ½
miudezas e 4 Requeijoens 1 ¼
Abril
1 bruaca de sal 4
1 arouba de peixe 1 ¼
½ da de bacalhao 3
1 da de carne seca pa doentes 1
2 das de toucinho 3
1 da de banha 1 ¾
5 alqueires de farinha 3 – # – 4
1 duzia de queijos 1 ¼
miudezas e 2 Lbas de amêndoas 1 – # – 4
Mayo
Carne 2 ½
1 ½ arouba de toucinho 1 ¾ – 4
miudos de porco 1 ¼
5 alqueires de farinha 3 – # – 4
1 barril de azeite 1
1 arouba de asucar 2
miudezas # – 72 –
Despesas que fis com os doentes de sarampo. Os órfãos todos são – Escravos: Delfina mulata = Turibio mulatinho = Lucinda crioula = Miguel Benguela = Lauterio mulatinho = Paulina mestiça =
6 duzias de galinhas 13 ½
3 das de frangos 3 ¼
1 ½ frasco de vinho 1 ¾
Pam 3 ¼
1 arouba de asucar 2
1 da de carne seca 1 ¼
1 frasco de vinagre 1 ¼
de asafrão 1
de papoulas # – ¼ – #
12 Lbas de marmelada # – ¼ – 4
Agoa Rozada 1
Junho
Carne 2
1 ½ arouba de toucinho 1 ¾
1 da de carne seca pa os doentes 1 ¼
5 alqueires de farinha 2 ½
½ bruaca de sal 2
4 fatos para os escravos # – ½ – #
8 Lbas de peixe # – ¼ – #
miudezas # – ½ – #
Julho
Carne 2
1 ½ arouba de toucinho 1 ½
5 alqueires de farinha 2 ¾
1 barril de azeite 1
1 alqueire de milho # – ¼ – 2
4 fatos pa os escravos # – ½ – #
8 Lbas de peixe # – ¼ – 2
miudezas – 4 Requeijoens # – ¾ – 2
Agosto
Carne 2
1 ½ arouba de toucinho e miúdos 3 ½ – 6
1 bruaca de sal 3 ¾
6 alqueires de fubá e 6 ditos de milho 3 – # – 6
4 fatos pa os escravos – # ½ – #
miudezas e 4 Lbas de peixe – # ¾ – 4
meyo frasco de azeite doce 2 ¼
7 bro
Carne 2
1 ½ arouba de toucinho 1 ¾ – 4
1 barril de azeite 1
5 alqueires de farinha 2 ½
1 duzia de queijos 1 ¼
4 fatos pa os negros – 1 ¼
miudezas – ½ – 4
8 bro
Carne 2
1 ½ arouba de toucinho 1 ½ – 6
1 bruaca de sal 4 – # – 4
3 fatos para os Escravos # – ¼
miudezas # – ½
9 bro
Carne 2 ¼
1 ½ arouba de toucinho 2 ¼
2 alq.res de farinha # ¾
1 arouba de carne seca pa os doentes 1 ¼
1 ½ duzia de frangos 1 ¼ – 5
2 fatos pa os Escravos # – ¼ –
8 Lbas de peixe # – ¼ – 4
miudezas # – ½
Desbro
Carne 2 ¼
Toucinho e miúdos 3 ¾
6 alqueires de fubá 1 ¾
5 dos de milho 1 ½
1 arouba de asucar 1 ½
4 fatos # – ½
6 Lbas de peixe # – ¾
4 Lbas de bacalhao # – ¾
miudezas # – ¾
Janro – 1795
Carne 2
1 ½ arouba de toucinho e miudos 3 ½
1 bruaca de sal 3 ¾
6 alqueires de fuba 1 ½
4 fatos pa os Escravos # – ½ – #
8 Lbas de peixe # – ½ – #
miudezas # – ¼ – #
Fevro
Carne 1 ½
2 aroubas de toucinho 3
6 alq.res de fuba 1 ¾
5 dos de milho 1 ¼
meya arouba de peixe # – ¾
1 duzia de queijos 1 ¼
2 fatos # – ¼
4 Lbas de farinha de trigo # – ¾
miudezas # – ½
Março
1 ½ arouba de toucinho 1 ¾
1 da de banha 2
1 da de peixe 1 ¼
½ da de bacalhao 3
1 frasco de azeite doce 2
1 do de vinagre 1 ¼
6 alq.res de fuba 1 ¾
6 dos de milho 1 ½
miudezas e 4 queijos 1 – # – 4
Abril
meya arouba de peixe # – ½ – #
4 Lbas de bacalhao # – ¼ – #
1 ½ arouba de toucinho 1 ¾
2 Lbas de amendoas # – ½ – #
Carne 1 ½
1 bruaca de sal 4
½ arouba de asucar # – ½
8 Lbas de farinha de trigo # – ¾
1 duzia de frangos 1
6 alq.res de milho e 6 dos de fuba 3 ½
3 fatos pa os Escravos # – ¼
miudezas # – ½
Mayo
de Carne 1
1 ½ arouba de toucinho 1 ½
Miúdos de porco 1
2 aroubas de carne seca pa os meninos 2 ¼
1 duzia de queijos 1 ¼
6 alqueires de milho e 6 dos de fuba 1 ¼
½ frasco de azeite doce # – ½
½ arouba de peixe # – ½
1 duzia de frangos 1
1 da de galinhas 1 ¾
1 barril de azeite 1 ¼
2 fatos para os Escravos # – ¼
miudezas # – ¼
Junho
Carne 1
1 arouba de toucinho 1 ¼
4 alq.res de fuba e 6 dos de milho 1 ¾
6 dos de farinha 1
½ arouba de sabão # – ¼
2 fatos # – ¼
miudezas # – ¼
Julho
Carne 1
1 arouba de toucinho 1 ¼
8 alq.res de fubá e 4 dos de milho 1 ¾
2 fatos pa os Escravos # – ¼
miudezas # – ¼
Agosto
Carne 1 ½
2 Capados 5
4 alq.res de fubá 8 dos de milho 1 ¾
½ bruaca de sal 2 ½
1 arouba de sabão 1
8 Lbas de peixe # – ¼
3 fatos pa os Escravos # – ¼
miudezas # – ¾
7 bro
Carne # ¾
1 arouba da seca 1
4 alqres de fubá 1
6 dos de milho 1 ½
2 dos de feijão 1
2 dos de farinha # – ¾
8 bro
Carne # ½
1 alqre de aros # ¾
6 dos de farinha 1
6 dos de milho # ¾
2 dos de feijão # ¾
½ bruaca de sal 2
1 barril de azeite 1 ¼
½ arouba de asucar # – ¾
1 da de sabão 1
Louça do Caité 1 ½
Panellas e hum pote 1
2 fatos # – ¼
4 Lbas de bacalhao ½
miudezas e ortaliças # ¾
9 bro
Carne 1
1 capado 4
4 alqres de farinha # – ¾
4 dos de milho # – ½
1 barril de azeite 1
miudos de porco # – ½
1 alqre se aros 1
2 dos de feijam # – ¾
8 Lbas de peixe # – ½
2 fatos pa os Escravos # – ¼
miudezas e 4 Requeijoens 1
Despesas que fes o órfão Luiz com a molestia
1 duzia de galinhas 2 ¼
1 da de frangos 1
Carne 1 ½
2 frascos de vinho 2 ½
1 vdo de vinagre 1 ¼
½ do de agoa ardente do Reino # ¾
Pão 1 ¼
Balcimo Catolico # – ¼
½ arouba de asucar 1
4 Lbas de farinha do Reino 1
2 frasquinhos de agoa da Rainha # – ¼
2 Lbas de manteiga do Reino # – ¾
4 das de marmelada # – ¼
Desbro
Carne 2
1 arouba de toucinho 1 ½
1duzia de queijos 1 ¼
5 alqres de farinha 2 ½
4 dos de farinha de milho # ¾
6 dos de milho # ¾
2 dos de feijam 1
1 arouba de asucar 1 ¼
miudos de porco 1 ¼
1 frasco de azeite doce 1 ¾
1 alqre de aros 1
8 Lbas de peixe # – ½
miudezas # – ½
Janro 1796 athe 8bro
1 bruaca de sal 4 ½
Carne 2 ¼
1 barril de azeite 1
1 ½ arouba de toucinho 2 ¼
5 alqres de fubá 1 ¼
5 dos de milho 1 ¼
5 dos de farinha 1 ½
2 fatos 1 cabesa pa os Escravos # – ¼
8 Lbas de sabam # – ¼
miudezas # – ½
Despesas de remedio, galinhas e Pam q. fes a escrava Valeria neste mês # – 2 – ¼ –
Fevro
Carne 2
Peixe pa os dias de jejum # – ½ – #
1 arouba e 8 Lbas de toucinho 1 ½
5 alqres de fuba e 5 dos de milho 2 ½
5 dos de farinha 1 ¼
2 dos de (..?..) 1 ¼
1 arouba de sabam 1
2 fatos 2 cabesas # – ½ – #
½ duzia de queijos # – 12 – #
1 arouba de asucar 1 ¼
miudezas # – ¼ – #
Despesa de remédio galinhas e Pam que fes athe sua morte a Escrava Valeria ….. (?)
Março
Carne # ¾ – #
2 aroubas de toucinho 3
1 da de peixe seco 1 ½
½ frasco de azeite doce 1
4 alqueires de feijam 1 ¼
5 dos de fubá e 6 dos de milho 2 ½
6 dos de farinha de mandioca 2 ¼
1 arouba de sebo pa sabam 2
3 fatos pa o do # – ¼
2 alqres de aros 1 ¼
miudezas 3 – ½
Despesa de remedio galinha e pam q. fes a Escva Lucinda neste mes com sua moléstia …..
Abril
2 ½ arouba de toucinho e banha 3
Carne # – ¾
½ arouba de peixe e # – ½ –
8 Lbas de bacalhao 1
½ frasco de azeite doce # – ¾
1 duzia de queijos 1 ¼
3 alqres de feijão 1
6 dos de fubá e 6 dos de milho 2 ½
5 dos de farinha 1 ¾
miudezas # – ¼
Despesa q. fis de botica Galinhas e Pam na molestia da Escva Lucinda neste mes ….
Despesa q. fes de botica Galinhas e Pam a cabra Maria Damiana e seu filho na molestia que tiveram ……………………………
Mayo
Carnes 2
½ arouba de toucinho 2 ¼
Lombos e miudos de porco 1 ¼
12 Lbas de peixe # – ½
½ bruaca de sal 3 ½
1 arouba de asucar 1 ¼
½ da de banha de porco # – ¾
1 barril de azeite 1
6 alqueires de farinha 2 ¼
2 dos de feijão # – ¾
3 fatos pa os negros – 1 alqre de aros 1 ¾
miudezas # – ¾
Despesa de botica gas e pam q. fes Lucinda athe sua morte ……….
Junho
Carne 2
1 ½ arouba de toucinho 2 ½
1 da de sebo para sabam 2
3 fatos pa o do # – ¼
3 alqres de feijão 1
6 dos de farinha 1 ¾
2 fatos 1 cabesa pa os negros # – ¼
miudezas # – ½
Junho
[Julho – no original repete-se o mês de Junho]
Carne 2
1 arouba e 8 Lbas de toucinho 2 ½
miudos de porco # – ¾ –
4 pratos de sal do Reino 2
2 dos da terra # – ½
5 alqres de farinha 1 ½
3 dos de feijao 1
1 do de aros # – ½
3 fatos pa os negros # – ¼
½ arouba de asucar # – ½
miudezas # – ½
Agosto
Carne 2 ¼
1 ½ arouba de toucinho 2 ¼
4 pratos de sal do Reino e 2 dos da terra 2 ½
1 barril de azeite 1
½ arouba de peixe dias de jejum # – ½
Lombos e (..?..) 1
Fatos pa os negros # – ¼
5 alqres de farinha 1 ½
2 dos de feijão # – ¾
½ duzia de queijos # – ½
½ arouba de asucar # – ¾
miudezas # – ¾
7 bro
Carne 2
1 ½ arouba de toucinho 2 ¼
4 pratos de sal do reino e 2 dos da terra 2 ½
miudos de porco e 8 Lbas de peixe fresco # – ¾
6 alqres de farinha 2 ¼
2 dos de feijao # – ¾
2 dos de aros 1 ¼
2 fatos, 2 cabesas pa os negros e miudezas 1 ¼
8 bro
Carne 2
2 aroubas de toucinho 2 ¾
Lombos e mais miudos de porco # – ¾
½ arouba de banha # – ¾
½ bruaca de sal do Reino 3 ½
½ duzia de queijos # – ½
½ arouba de sabam # – ½ …
3 alqres de feijao 1
miudezas # – ¾
Despesas com Maria Damiana e seu filho neste mes de molestia de Lepra e ambos (..?..)
Remediados ………..
Somão toda a despesa de comestiveo the hoje 30 de 8bro de 1796 na qtia ……..
-*-
OBSERVAÇÕES: distinções ortográficas, abreviaturas e significados.
Agoa – água amêndoas – amêndoas
Alqres – alqueires
Aros – arroz
Arouba – arroba
Asucar – açúcar
Athe, the – até
Bacalhao – bacalhau
Balcimo – bálsamo
Banha – tecido gorduroso de porco
Bruaca – espécie de saco de couro para transportar sal
Cabesas – cabeças
Capado – suíno castrado
Comestiveo – comestível
Ditos, ditas, Dos, Das – artifício para não repetir a mesma palavra acima
Fatos – tecido adiposo que protege os órgãos dos animais
Feijam – feijão
Fes – Fez
Hum – um
Lbas – Libras, medida de peso
Louça do Caité – cerâmica vidrada “da terra”
Miudos – miúdos de porco, órgãos do corpo suíno como coração, rim, fígado etc
Molestia – moléstia, doença
Ortalisas, ortaliças – hortaliças
Pam – pão
Requeijoens – requeijões
Sabam – sabão
Somão – Somam, totalizam
Vdo – vidro
Xa – Chá
Trabalhos citados
Almada, Márcia. “Cultura material da escrita ou o texto como artefato”. Cultura escrita em
Debate. Reflexões sobre o Império português na América–séculos XVI a XIX, editado
por Conceição, Adriana, Angelita de Meirelles, Juliana Gesuelli, Paco Editorial, 2018,
pp. 17-40.
Bouza, Fernando. “Escribir a corazón abierto. Emoción, intención y expresión del ánimo en la
escritura de los siglos XVI y XVII”. Varia História, vol. 35, n. 68, 2019, pp. 507-534.
Chartier, Roger. Inscrever & apagar. Cultura escrita e literatura. Editora UNESP, 2007.
Giard, Luce. “Sequência de gestos”. A invenção do cotidiano, 2. Morar, cozinhar, editado por
Certeau, Michel de, Luce Giard e Pierre Mayol, Editora Vozes, 1996, pp. 268-286.
Gonçalves, Marina Furtado. “Fazer e usar papel: caracterização material da documentação
avulsa da Coleção Casa dos Contos do Arquivo Público Mineiro (1750-1800)”.
Programa de Pós-graduação em História-FAFICH-UFMG, 2020. (Tese de Doutorado)
Holanda, Sérgio Buarque de. Caminhos e fronteiras. Companhia das Letras, 1994.
Le Breton, David. A sociologia do corpo. Editora Vozes, 2012.
Meneses, José Newton C. “Introdução – Cultura Material no universo dos Impérios europeus
modernos”. Anais do Museu Paulista: História e Cultura Material. vol. 25, n. 1, 2017,
pp. 9-12.
—. “Mesa farta, gostos diversos. Cozinha e práticas alimentares da elite mineira (séculos
XVIII e XIX)”. História & Alimentação. Brasil séculos XVI-XXI, editado por
Algranti, Leila Mezam e Sidiana da C. Ferreira de Macêdo. Editora Paka-Tatu, 2020,
pp. 418-441.
—. O Continente Rústico. Abastecimento alimentar nas Minas Gerais setecentistas. Maria
Fumaça Editora, 2000.
Meneses, José Newton C. e Borrego, Maria Aparecida de Menezes. “Introdução –O
testemunho das coisas úteis e duráveis”. Anais do Museu Paulista: História e Cultura
Material, Vol. 26, 2018.
Montanari, Massimo. “A cozinha, lugar de identidade e das trocas”. O mundo na cozinha.
História, identidade, trocas, editado por Massimo Montanari. SENAC, 2009.
Pinto, Gislaine Gonçalves Dias. “O poder da imagem e da palavra: a posse de imagens por
cristãos-novos portugueses na Idade Moderna”. PPGH-FAFICH-UFMG, 2022.
Rede, Marcelo. “História e cultura material”. Cardoso, Ciro F. & Vainfas, Ronaldo. Novos
domínios da História. Elsevier/Campus, 2012, pp. 133-150.
Roche, Daniel. História das coisas banais. Nascimento do consumo. Sécs. XVII-XIX, Rocco,
2000.
Santos, Alessandra Soares. Francisco Iglésias. A história e o historiador. Alameda, 2017.
Fontes documentais
Inventário post mortem de Luís José de Figueiredo, Biblioteca Antônio Torres, 1793. (Inv.
14/BAT/ 1º Ofício/ maço 52, 1793)
Lista Nominativa de 20/07/1832, Distrito de Paz de Santo Antônio do Tejuco, 1832.
NPHED/CEDEPLAR/UFMG/Poplin–Minas Gerais, 1830, Belo Horizonte.
www.nphed.cedeplar.ufmg.br
Mapa de Moradores do Arraial do Tejuco, conforme cada uma das Ruas, e Becos de que consta
o mesmo Arraial, Tejuco, 1775. Instituto Casa da Glória – IGC-UFMG, Diamantina.
[1] Inv. 14/BAT/1o of./maço 52, 1793. O número de escravizados é extremamente grande quando comparado às características demográficas de Minas Gerais no período setecentista. As propriedades de casa, além daquela de morada da família e de outras alugadas para residências compunha-se, também, de pequenas oficinas alugadas a próprios escravizados com “ofícios”. Eles eram os “escravos de ganho”, ou seja, escravizados trabalhando “como se livres fossem”, pagando “jornal” ao proprietário. “Tropa” é conjunto ambulante de comércio composto de pessoas e de animais transportadores de carga.
[2] Na lista nominativa dos habitantes de Diamantina, de 1831, D. Anna Perpétua é listada como muito idosa e moradora da Rua Macau do meio.
[3] Por opção do autor, a atualização ortográfica não foi realizada, o que dificulta um pouco a compreensão do texto. Justifica essa escolha, o respeito à materialidade do documento. As dificuldades de leitura desta transcrição—chamada de diplomática e em desuso—, são rapidamente sanadas pelo leitor atento. Ao final da lista, apresentamos observação com algumas distinções ortográficas, abreviaturas e significados de palavras pouco usuais na atualidade. A coluna numérica à direita, cremos, indica os valores em “oitavas de ouro”, com a totalização mensal.
Conclusion
L’œuvre philosophique de Wiredu s’impose comme une contribution majeure à la décolonisation conceptuelle et à la redéfinition des universaux philosophiques dans une perspective africaine. En déconstruisant l’imposition eurocentrée des catégories philosophiques, Wiredu ne se contente pas de critiquer l’hégémonie intellectuelle occidentale ; il propose une reconstruction active de la pensée africaine à partir de ses propres cadres linguistiques et conceptuels. Son approche analytique met en évidence l’importance du langage dans la structuration des idées et révèle comment certaines notions, souvent présentées comme universelles, sont en réalité culturellement situées. Loin d’un rejet total de la pensée occidentale, Wiredu plaide pour un dialogue philosophique interculturel fondé sur la reconnaissance mutuelle des traditions intellectuelles. Il refuse toute instrumentalisation des pensées dans une optique de concurrence des soft powers. Ainsi, sa cible demeure celle de l’énonciation de ces canons universels qui sont utilisés comme des outils de propagande et qui reposent souvent sur des ambiguïtés et des contradictions révélant leur origine culturelle,
Son travail ouvre ainsi des perspectives essentielles pour la philosophie contemporaine : comment articuler des pensées enracinées dans des contextes culturels spécifiques tout en évitant le piège du relativisme absolu ? Comment concevoir un universalisme qui ne soit pas un instrument d’hégémonie, mais un espace de négociation conceptuelle entre différentes traditions philosophiques ? Ces interrogations appellent à des recherches futures sur la manière dont d’autres traditions philosophiques non occidentales interrogent et reformulent les notions d’universalité et de particularisme. Elles soulignent également la nécessité d’une prise en compte plus large des langues africaines comme vecteurs de pensée philosophique autonome, au-delà des traductions qui risquent d’altérer la richesse conceptuelle de ces traditions. En ce sens, le projet de Wiredu reste inachevé, non comme un manque, mais comme une invitation à poursuivre le travail de décolonisation conceptuelle et à inscrire durablement les philosophies africaines dans l’espace du débat philosophique mondial.
Bibliographie
Glissant, Édouard. Philosophie de la relation, poésie en étendue. Gallimard, 2009.
Hallen, Barry. Reading Wiredu. Indiana University Press, 2021.
Hountondji, Paulin J. African Philosophy: Myth and Reality. Indiana University Press, 1983.
Kinyongo, Jean. “La philosophie africaine et son histoire.” Les Études philosophiques, no. 4, oct.-déc. 1982, pp. 407-418.
Kodjo-Grandvaux, Séverine. Philosophies africaines. Présence africaine, 2013.
Libera, Alain de. La querelle des universaux. De Platon à la fin du Moyen Âge. Seuil, 2014.
Mudimbe, Valentin-Yves. L’invention de l’Afrique. Éditions Karthala, 1988.
Nkrumah, K. (1964). Consciencism: Philosophy and ideology for de-colonization and development with particular reference to the African revolution. London: Heinemann.
Osha, Sanya. “Kwasi Wiredu Cleared the Way for Modern African Philosophy.” The Conversation, 18 Jan. 2022, www.theconversation.com/kwasi-wiredu-cleared-the-way-for-modern-african-philosophy-174917.
Osha, Sanya. “Kwasi Wiredu: Theorist of Conceptual Decolonization.” Journal of World Philosophies, 2023, pp. 172-182.
Peirce, Charles S., and Nathan Houser, editors. The Essential Peirce: Selected Philosophical Writings. Vol. 2: (1893-1913). Indiana University Press, 2001.
Quine, Willard Van Orman. Word and Object. MIT Press, 1960.
Senghor, Léopold Sédar. “Langue française, langue de culture.” Esprit, nov. 1962, pp. 837-844.
Thiong’o, Ngugi wa. Décoloniser l’esprit. Traduit par Sylvain Prudhomme, éditions La Fabrique, 2010.
Touré, Sekou. Le pouvoir populaire. Tome XVI, Imprimerie Patrice Lumumba, 1972.
Wamba-dia-Wamba, Ernest. “La philosophie en Afrique ou les défis de l’africain philosophe.” Revue Canadienne des Études Africaines, vol. 13, nos. 1-2, 1979, pp. 223-244, https://doi.org/10.2307/484645.
Wiredu, Kwasi. “Logic and Ontology.” Second Order: An African Journal of Philosophy, vol. 4, nos. 1-2, 2020, pp. 1-16.
Wiredu, Kwasi. Philosophy and an African Culture. Cambridge University Press, 1980.
Wiredu, Kwasi. “Canons of Conceptualization.” The Monist, vol. 76, no. 4, 1993, pp. 450-476.
Wiredu, Kwasi. Cultural Universals and Particulars: An African Perspective. Indiana University Press, 1996.
Wiredu, Kwasi, and Bruno Ambroise. “L’empiricalisme : Une Philosophie Africaine Contemporaine.” Rue Descartes, nos. 45-46, 2004, pp. 166-178.
Wiredu, Kwasi. “An Oral Philosophy of Personhood: Comments on Philosophy and Orality.” Research in African Literatures, vol. 40, no. 1, 2009, pp. 8-18.
